Aco Šopov: el sueño del fénix*

por Jasmina Šopova

Jasmina Šopova en el Puente de las Artes de Skopje, al pie de la estatua de su padre. Primavera de 2013.

Jasmina Šopova, al pie de la estatua de su padre, Skopje 2013

Ante todo, el universo poético de Aco Šopov puede parecer inaccesible, como una fortaleza misteriosa, casi tenebrosa, que contuviera escenas apocalípticas, desgarros perdurables, heridas no cicatrizadas, contradicciones… Pero si se conquistan las puertas de esa fortaleza, si se acepta recorrer, con el poeta, el largo y difícil camino a través de ruinas y escombros descubrimos, después de unas vueltas, los meandros que atraviesan ese mundo aparentemente cerrado, desembocando todos en una eclosión, en un resplandor, en una iluminación.

Hay que sentir con el poeta la terrible insurrección de la razón y los sentidos, esa guerra interior funesta que precede el nacimiento de cada poema, para que éste se nos revele en toda su sorprendente desnudez y en toda su grandeza. “Encuentra la verdadera palabra/ Encuentra la palabra inaugural, el grito,/ Encuentra esa palabra”, exclama Aco Šopov en el primer poema de su ciclo de “plegarias”, “Y ese templo / prisionero de su edad, fuerte de su espera/ se abrirá por sí, humilde ante ti”.

En una entrevista de 1968, no decía otra cosa: “El camino que lleva al poema es difícl. Lo que aparece como una iluminación poética es en realidad el resultado de un proceso largo y complejo, cargado a la vez de experiencia y de reflexión […] La mayor dificultad y la mayor responsabilidad ética del poeta es en realidad encontrar las palabras justas para los contenidos y las ideas que quiere expresar de manera auténtica e inimitable. Si no lo logra, el poema se desarticula, la palabra se vuelve mentira”.

Las palabras esenciales, fundadoras del universo poético de Šopov, son a veces de gran sencillez: piedra, árbol, cielo, fuego… Pero a veces, toda una alquimia de imágenes y de sonidos es necesaria para lograrlo. Entonces, se perfilan bajo aspectos a la vez insólitos y elocuentes, es decir nuevos pero inmediatamente reconocibles. El ejemplo más complejo es sin duda el neologismo nebidnina (traducido al castellano como noser) que ancla su origen en no-ser, sin significar, empero, “mal-ser” o “inanidad”.

Cargado de sentido, dotado de un gran poder expresivo en macedonio, lengua materna del poeta, noser hizo correr mucha tinta entre la crítica literaria. Aco Šopov mismo lo explica en 1963, al publicar el poema y el libro del mismo título: “Si se lo quiere ‘traducir’,” explicaba entonces en una emisión de televisión, “se podría decir que esa palabra designa lo imposible, lo que no puede existir. [Pero] con ella, quiero subrayar una paradoja: el poeta suele considerar la poesía como algo fundamental, lo más importante de todo, mas la poesía no está en condiciones de abarcar toda la riqueza y toda la complejidad de la vida”.

Lejos de expresar una negación del ser, como aparentemente sugiere, la expresión noser debería ser entendida como una celebración de la vida. Incluso, como una negación de la inanidad, puesto que en uno de sus últimos poemas, estando ya gravemente enfermo, Aco Šopov puso un signo de igualdad entre noser y su obra íntegra, llamada a perdurar más allá de su muerte : “que mis sienes estallen/ que en tus brazos yo explote como un negro balón de risa,/ que en esta ciudad mi vida se extinga/ y que viva este árbol/ que el noser preservará”.

Los múltiples sentidos que encierra la palabra noser sobrepasan largamente los límites de la intimidad del poeta. No es sorprendente que una parte de la crítica literaria haya asimilado noser con el destino de Macedonia. En ese poema, la identificación del poeta con su pueblo es tan profunda, que su cuerpo adopta la geografía de su tierra natal: “No mires esos negros torrentes/ que arrasan mi rostro/ ellos son dones de la faz de la tierra./ No mires lo encorvado de mis hombros/ proviene de la eliminación de las colinas.”

El poema “La larga llegada del fuego” va todavía más lejos en esta identificación. Sin nombrarlo, el poeta lleva el país natal “bajo su piel”. Y cuando escribe “Está allí, ese fuego, bajo esta piel,/ en esas tres fronteras, esos tres cuchillos”, hace evidente alusión al reparto de Macedonia entre los tres países vecinos, al final de la Segunda Guerra Balcánica, en 1913.

Pero la búsqueda poética de Aco Šopov trasciende las fronteras geográficas e históricas. Precipita constantemente al poeta hacia sus propios abismos y al mismo tiempo lo empuja en una exploración de los tiempos inmemoriales del comienzo del mundo. Une, en una misma experiencia íntima, lo vivido por el poeta, la suerte de su país y el destino común de la humanidad: “En las profundidades una sangre terrible,/ más aterradora que amenaza./En las profundidades una sangre tan pesada,/ que se diría allí desde el origen de los tiempos.”

Bajo esta iluminación se debe considerar el poema “Estigma, para descifrar el simbolismo del número nueve: “En nueve jardines te encerré, en nueve quebradas,/ cálmate, sangre, fluye a lo profundo de tu negror/ donde desde hace mucho tu rojo jabalí/ busca un antro para descansar”. ¿Y si se tratara de los nueve planetas del sistema solar? La pregunta permanece abierta.

Contentémonos con recordar solamente que el cosmos fascina a Šopov. En 1962, mientras el hombre se lanzaba a la conquista del Universo, escribía su “Octava plegaria de mi cuerpo”, uno de los sus más bellos versos sobre la Tierra: “Tierra, ya no eres Tierra,/eres un punado de esperanza / negro de tormento, verde de suenos / eres un ojo proyectado en el universo.”

En una fusión que sólo el arte es capaz de crear, sol, amor y poesía no son sino uno en el imaginario de Šopov. En el poema (“Sol Negro”) del que hemos tomado el título de la presente antología, que dice, sin nombrarlo, un amor inconfesable, el poeta se interroga: “Oh sol negro, ¿quién te posa sobre mis hombros/ para que te porte, poema, en lugar de mi cabeza?”

Detengámonos en esta imagen del poeta solar para decir que nos dejó, como lo había presentido en un poema más tardío, ebrio de amanecer.

En 1982, la vida de mi padre se apagó. Los poemas permanecen. Es cierto que no reflejan la imagen íntegra de su autor: un hombre apuesto más bien silencioso y discreto pero no menos hospitalario, de estatura esbelta casi hasta lo frágil, mirada verde de una profunda dulzura y como protegida por espesas pestanas… Sin embargo los poemas dicen lo esencial de su persona: la intensidad de su ser.

Traducida en imágenes poéticas potentes – fuego, hogar, sol – , esta intensidad de su ser persiste más allá de la muerte, como un majestuoso incendio a la vez devastador y creador. Un incendio del que, después de haber reducido todo a ruinas y escombros bajo el dictado de una antigua maldición, renace de sus propias cenizas, como un sueno de fénix.

Gracias a una serie de complicidades poéticas y de amistad, la poesía de mi padre resurge hoy en un nuevo idioma, con una nueva voz.

* Prologo al Sol Negro, Editorial Leviátan, 2011.

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